Tecnología y… ¿progreso? – 5ª y última parte

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Ante los planteamientos hechos en las cuatro entradas previas del blog sobre este mismo tema, tendíamos que cuestionar la representatividad de la tecnología como uno de los factores clave del progreso humano. Al margen de las definiciones estrictas del término, la semántica popular identifica al progreso con los adelantos científicos y tecnológicos que mejoran la calidad de vida. Con lo cual surge la necesidad de definir también el término calidad de vida. Esto representa un problema más o menos regular, dado que esta expresión no tiene sentido si no es en relación con un sistema de valores, individual o colectivo, en un contexto determinado. Por lo que diversos individuos o grupos en diversos contextos podrían establecer que el nivel esperado de calidad de vida se encuentra en lugares tan disímiles como la selva lacandona o algún país nórdico altamente desarrollado.

Esto nos llevaría a conceptuar el término calidad de vida como una mezcla de elementos  provenientes del entorno real del individuo o grupo social –componentes objetivos– con las expectativas, valores y necesidades de dicho individuo o grupo social –componentes subjetivos–, por lo que únicamente sería válido este concepto para el momento y contexto específico de su establecimiento.

Sin embargo, y para evitar digresiones mayores, acotaremos el término calidad de vida como el estado de satisfacción del individuo con respecto a un conjunto de elementos en los que han coincidido la mayoría de los estudiosos de la materia y que son: calidad del medio ambiente, salud, educación, legislación y justicia, vivienda y urbanismo, condiciones económicas y laborales, cultura, tiempo libre y recreación.

Indudablemente podríamos encontrar muy variadas formas en que la tecnología contribuiría a elevar el desempeño de cada uno de estos indicadores. Pero ya hemos visto que no basta con medir o evaluar la tecnología desde sus aspectos intrínsecos o meramente técnicos en relación con la mayor o menor eficiencia que puedan lograr, sino que tendríamos que hablar también de elementos e interacciones entre estos elementos que favorezcan que estos indicadores se desarrollen de igual manera entre los diversos individuos y grupos sociales, así como que garanticen la sustentabilidad ambiental, social, económica y política de los mismos.

No podemos, por tanto, pensar que la tecnología es en sí misma un garante del progreso, ni  podemos caer en espacios de indolencia pensando que los males que causa una tecnología otra mejor los resolverá. Pero tampoco podemos asumir posturas totalitarias o unilaterales, ya sea de rechazo o de aceptación incondicional. Ambas posturas serían igualmente irracionales. Tan irracional sería, por ejemplo, seguir ocasionando la erosión de los ecosistemas en pro de obtener beneficios financieros a corto plazo, como pensar que a estas alturas podemos renunciar a la tecnología como un factor clave de economía y la producción.

Lo que se requieren pues, son medidas racionales tendientes a equilibrar la dualidad de la tecnología y a extender al máximo sus beneficios, considerando a la tecnología no como algo aislado o como un simple hacer-para, sino incluyendo también sus interacciones con la sociedad, la cultura, la economía y la naturaleza en contextos específicos.

No todo lo que es posible es necesariamente relevante para todas las formas y modos de vida. Cuando las condiciones, relaciones y significados que generan y sostienen la vida están en cuestión, la relevancia de lo qué debe ser hecho ha de emerger de procesos de interacción social con la participación de los diferentes actores sociales e institucionales, y no apenas de las decisiones de científicos o de los poderosos que los financian.

Los individuos, organizaciones e instituciones que participan y promueven los avances científicos y tecnológicos en cada región y país tendrían que colaborar en el desarrollo de los marcos legales, educativos e institucionales que integren de manera sistemática en los procesos de innovación tecnológica, innovaciones políticas y sociales como las siguientes:

  • La predicción y evaluación de los cambios sociales, económicos y medioambientales que traerá una nueva tecnología, incorporando las variables de riesgo, sus interrelaciones, significados y magnitud y desplegando esfuerzos para minimizar o eliminar los riesgos y problemas y/o desarrollar alternativas que carezcan de dichos efectos negativos.
  • El acceso a los beneficios tecnológicos que garanticen un nivel básico en los indicadores de calidad de vida de la población, evitando que la demanda real de estos beneficios sea valorada únicamente en términos de mercado.
  • El intercambio científico y tecnológico a todos los niveles, institucional, estatal, regional, nacional e internacional, para promover la formulación de políticas de promoción, difusión, desarrollo y aplicación de la tecnología, la formación e intercambio de especialistas en la materia, el desarrollo de actividades conjuntas de investigación y desarrollo tecnológico y la transferencia del conocimiento.

Estos son los grandes desafíos y responsabilidades que hoy enfrentamos para hacer del cambio tecnológico un verdadero vehículo de progreso para la humanidad. Leonardo da Vinci escribió en su cuaderno de notas que no publicaría o divulgaría su diseño de un submarino debido a la naturaleza perversa de los hombres, que podrían utilizarlo como un instrumento de destrucción en el fondo del mar[1]. No obstante, si hoy viviera da Vinci, podría desayunar leyendo en el periódico algunas historias bélicas protagonizadas por militares a bordo de submarinos  SSBN 743 equipados con misiles nucleares y torpedos de gran poder. Pero también podría encontrar que gracias a la tecnología de los submarinos pueden realizarse diversos estudios geológicos, arqueológicos y del hábitat marino que contribuyen efectivamente cuidado ambiental, a la divulgación científica y al enriquecimiento de nuestra cultura.

Así pues, no se trata de vivir en el oscurantismo. Los científicos e investigadores tienen derecho a buscar y a publicar la verdad científica y sus aplicaciones tecnológicas, pero es necesario incorporar a esta verdad los principios de responsabilidad que efectivamente nos hagan transitar, mediante la tecnología, a un mundo mejor para todos.

Karl Popper[2] señala que el mayor peligro de nuestro tiempo es el pesimismo, el creer y hacer creer a los jóvenes que vivimos en un mundo malo, cuando realmente vivimos en el mejor mundo que ha existido nunca. Sin embargo, señala también que hay mundos mejores porque la vida misma nos incita a buscarlos. A cada uno de nosotros toca continuar esa búsqueda de un mundo mejor, no sólo porque es posible, sino porque es relevante.


[1] Paul Ritcher, editor (1970), “The notebooks of  Leonardo da Vinci”, Dover, Nueva York, pp. 274-275

[2] Popper R. Karl y Lorenz, Konrad, (1992), “El Porvenir está abierto”, Tusquets Editores, pp. 58-59

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