Tecnología y… ¿progreso? – Parte IV

unequalLa selectividad de la tecnología

Inserta en una lógica de mercado, la tecnología se ha convertido, al menos parcialmente y no sólo la tecnología o la tecnología sola, en una fuerza de producción al servicio del capital y ha contribuido a la inequidad social, sobre todo en los países más pobres.

Esto se aprecia, por ejemplo, en las consecuencias negativas que tiene para los países pobres la adquisición diferida de las nuevas tecnologías en el contexto de la economía globalizada, aumentando y volviendo cíclica la inequidad entre países ricos y pobres. Las ventajas comparativas que estos últimos obtenían hasta hace algunas décadas, basadas en sus recursos naturales o demográficos, se han visto diluidas en una proporción inversa al peso que han adquirido las ventajas basadas en las capacidades científico-técnicas. De forma tal, que el atraso de estos países es cada vez mayor y más difícil: cuanto más avanza la tecnología de los países ricos, mayor peso tiene esta variable en la economía mundial y mayor es la desventaja de los países pobres para competir a escala mundial; por tanto, les resulta más difícil les resulta reducir la brecha y se concentra más aún la capacidad tecnológica y la riqueza en los países de mayor poderío. Resalta también la explotación que estos países ricos hacen de las ventajas y los recursos de los más pobres, sin retribuir los beneficios correspondientes pero sí contribuyendo a su deterioro ambiental.

Persiste una idea colonialista del desarrollo, que divide al mundo en  superiores e inferiores, en gran medida con base en la disparidad de sus capacidades tecnológicas, y que se nutre de la planetarización o universalismo que naturaliza el pensamiento subordinado en el inferior según el conocimiento autorizado por el superior. Por eso, la humanidad se separó en civilizados y bárbaros a partir de 1492, o en desarrollados y subdesarrollados a partir de la 2ª Guerra Mundial.

En esta lógica, los países ricos generan y transfieren tecnología y los países pobres la adoptan. Esto es similar a que el inferior memorice las respuestas ya existentes para las preguntas del superior, que generó en su contexto y que le son relevantes a él. A cambio de tal generosidad, los países pobres facilitan el acceso a mercados cautivos, materia prima abundante, mano de obra barata y mentes obedientes. Están obligados a hacerlo a riesgo de convertirse en disímbolos prescindibles, inconvenientes o peligrosos.

Históricamente se ha cometido el error de equiparar el crecimiento económico y el cambio tecnológico con el bienestar social, debido en gran medida a los modelos hegemónicos de desarrollo que los países ricos y sus estructuras supranacionales imponen a los países pobres bajo la premisa de alcanzar un futuro común próspero. Estos modelos miden la prosperidad en términos casi exclusivamente macroeconómicos y asumen que para superar la pobreza basta con ir atenuando los síntomas –los pobres- sin que haya lugar ni forma de superar las relaciones asimétricas y estructurales de acumulación de capital.

El superior crea –y transfiere– un sistema de ideas para interpretar la realidad, un sistema tecnológico para transformar la realidad y un sistema de poder para controlar la realidad. Estos sistemas condicionan las relaciones de producción, las estructuras sociales, la cultura y las relaciones de poder durante periodos de tiempo llamados épocas históricas.

Las épocas históricas coexisten en sus límites, a veces difusos, pero es evidente que la época actual del industrialismo está en crisis al haber excedido las posibilidades y los límites del planeta. Esto se hace evidente ante la emergencia de grandes problemas globales: el cambio climático, los desastres “naturales”, la crisis alimentaria, la escasez de combustibles, etc.

Estamos experimentando no una época de cambios, sino un cambio de época, donde se busca la sosteniblidad. De hecho, en este contexto surge el modelo de desarrollo sostenible, propuesto en Río de Janeiro en 1992. Sin embargo, nuevamente se busca legitimar modelos que han sido concebidos en contextos ajenos, no universalizables, y con la finalidad de viabilizar una nueva era de crecimiento económico. Es decir, un desarrollo sostenible que no pasa de crecimiento económico que se pueda sostener en el tiempo.

Y de nuevo, se espera encontrar la respuesta en la ciencia y la tecnología. Es verdad que éstas tienen un gran potencial en la resolución de los problemas económicos, sociales y ambientales que enfrentamos, pero ya hemos visto que no son garantes de un auténtico desarrollo social, incluyente de los significados, valores, creencias, experiencias, saberes y necesidades de las sociedades locales. Para que el desarrollo sea social y ambientalmente sustentable, debe fundarse sobre las realidades de los países y las sociedades a las que sirve.

Ahora bien, si el auténtico desarrollo no es universal sino contextual y la realidad no es homogénea, ¿es posible y deseable conseguir una mayor igualdad en las capacidades científico-técnicas entre los países? ¿O es la propia dinámica del cambio tecnológico e industrial la que impone necesariamente una distribución desigual de dichas capacidades? ¿Cómo puede configurarse un sistema tecnológico que contribuya a un auténtico desarrollo, a saber, local?

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