Tecnología y… ¿progreso? – Parte III

La dualidad de la tecnología

Es innegable que los avances tecnológicos traen beneficios a la sociedad en la forma de medicinas, medios de transporte y de comunicación, alimentos, textiles y una gran variedad de productos que generan comodidad y satisfacción a la porción de la humanidad que tiene acceso a ellos.

Pero no menos cierto es que el hombre ha destruido más la naturaleza en los últimos cincuenta años que en toda la historia de la civilización. El Informe Planeta Vivo 2012, del Fondo Mundial para la Naturaleza[1], muestra el impacto devastador de la humanidad sobre el planeta: estamos usando 50% más de los recursos que pueden ser provistos. Para el 2025 dos planetas no serían suficientes. La creciente industrialización y las explotaciones madereras, mineras y agropecuarias han causado la destrucción de los bosques y la contaminación del agua y de la atmósfera, alterando los ciclos de la naturaleza y causando una serie de fenómenos climáticos adversos. Consideraciones similares merecen las aplicaciones tecnológicas para la creación de armas cada vez con mayor poder de destrucción. O la hambruna que se anticipa ante la escalada en los precios de los alimentos, ocasionado, entre otras cosas por el uso de los granos básicos en la producción de combustibles. O la acidificación creciente de los océanos por la incorporación de dióxido de carbono. O los recientes descubrimientos en materia genética, que si bien pueden ser utilizados para erradicar enfermedades, también podrían convertirse en una especie de herramienta de dominación y control, haciendo realidad muchas de las ficciones que hoy encontramos en películas y novelas.

Podemos entrever el impacto dual de la tecnología. Por un lado, se reconoce el enorme potencial de la ciencia y la tecnología en las mejoras sociales y económicas, pero por otro, se advierten los riesgos que un uso irracional o desmedido de la misma puede traer.

Marx[2] fue el primer pensador en atribuirle a la tecnología un rol fundamental en su teoría del desarrollo histórico, según la cual el desarrollo de los medios de producción, determinado por las innovaciones técnicas, es el que configura los cambios en las estructuras socio-políticas e ideológicas. No obstante el historicismo que le atribuye Popper[3] a esta visión marxista, es evidente que los sistemas tecnológicos actuales, además de tener efectos profundos y radicales sobre el ambiente y la naturaleza, actúan sobre la propia estructura de las sociedades, sobre la cultura y sus formas de vida e interacción, como ya lo había anticipado Marx.

Estamos ante una serie de dilemas morales, sociales y éticos que no podemos seguir ignorando, pero que no tienen una salida fácil. ¿Qué criterios podemos aplicar para restringir el uso de las posibilidades tecnológicas si su mera existencia altera los conceptos previos de vida humana, naturaleza, sociedad, ciencia y tecnología?


[1] http://www.wwf.org.mx/wwfmex/planeta-vivo.php

[2] Karl Marx (1859), Prólogo a la Contribución a la crítica de la economía

[3] Popper, R. Karl (2002). La miseria del historicismo, Alianza, Madrid.

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