Tecnología y… ¿progreso? – Parte II

Ciencia, tecnología y sociedad

Sin pretender abarcar toda la historia de la tecnología, esta segunda parte de la serie pretende abrir un espacio de reflexión sobre la relación entre ciencia, tecnología y sociedad, partiendo desde el pensamiento antiguo. En la cultura clásica griega, tanto como en la romana, ciencia y tecnología eran cosas separadas. Platón construyó una división teórica entre techne y episteme, y entre poiesis y praxis[1], es decir, entre las técnicas productivas, manuales y materiales, y los conocimientos y capacidades que provenían de la educación y la formación. Más aún, estableció una subdivisión entre las técnicas manuales de acuerdo con el grado en que éstas se relacionaban con la episteme o la ciencia: a mayor contenido científico, eran consideradas de mayor pureza.

Por su parte, Aristóteles[2], se refiere a la techne como un “cierto hábito productivo acompañado de razón verdadera. Su contrario, la inhabilidad artística, es un hábito productivo acompañado de razón falsa. Ambos se refieren a lo que admite ser de otro modo”. De aquí se desprende  que la techne no consiste sólo en el simple hacer las cosas, sino en el saber hacer las cosas. En cualquier caso, este hacer y saber hacer se aplicará a todo lo transformable, excluyendo a todas las cosas que son independientes del obrar del hombre, que son objeto de conocimiento contemplativo o teorético, pero no de poiesis o creación humana. Aristóteles[3] también presenta una jerarquía del saber, colocando en el lugar mas bajo a la empeiria o experiencia práctica; luego a la techne, como conocimiento que obra según principios; y finalmente, la episteme, o conocimiento científico. De esta forma, se refuerza la separación entre las diversas capacidades y realizaciones humanas, entre la praxis y la poiesis, entre las actividades pensantes y discursivas y las productoras de objetos materiales. Obviamente, eran las primeras las que representaban las capacidades superiores propias del hombre libre, considerando las técnicas artesanales más propias de subordinados y esclavos.

Por otra parte, el pensamiento griego destaca que tanto la ciencia como la técnica deben ser gobernadas o controladas por la sociedad o por el Estado. El trabajo del artesano o del tecnólogo es considerado como un mal necesario, algo que constituye una amenaza para la realización de la virtud personal y el orden social, por lo cual debe ser regulado. Los mitos de Prometeo, Ícaro o Hefesto son un reflejo de este enfoque. En uno de sus últimos diálogos, Platón[4] advierte sobre el peligro moral y político del desarrollo de las técnicas, proponiendo una legislación que impidiera la innovación y la práctica de las técnicas por parte de los ciudadanos libres. Aristóteles[5], por su parte, concibe la ciencia política como el arte maestro, que “determina cuáles son las ciencias necesarias en las ciudades, y cuáles las que cada ciudadano debe aprender y hasta dónde”.

En este mismo contexto, se estableció una gran división que separaba la physis o naturaleza del nomos o cultura. Es decir, se reconocía una naturaleza universal, trascendente e inmutable y por tanto, supracultural y suprahistórica, en la que no regían las innovaciones culturales o tecnológicas ni admitían intervención humana.

Para Aristóteles[6], physis y techne eran cosas opuestas. Los seres naturales (tà physei ónta) poseían en sí mismas el principio de su propio movimiento y generación, en contraposición a los seres artificiales (tá techné ónta), que no tienen en sí mismos el principio por el cual llegan a ser lo que son y que engañan a la naturaleza mediante la creación de artefactos para el beneficio propio.

Contrariamente a este pensamiento antiguo, la modernidad ha aspirado a llevar la tecnología a todos los ámbitos. Más aún, se da ya no una separación, sino una coevolución de la ciencia y la tecnología según la cual una promueve y habilita el desarrollo de la otra. Esto es, los artefactos técnicos ya no son contra natura, sino que ponen de manifiesto los principios naturales. Esto desembocó en una visión tecnomecánica de la naturaleza y el cosmos en la época del industrialismo.

Por otra parte, el pensamiento moderno tiende más a identificar la tecnología como una entidad históricamente autónoma, y propone que, dado que la ciencia y la tecnología inducen un progreso social, deben regirse según sus propias leyes, libres de intervenciones externas y basadas en el principio de la eficiencia mediante el cual pueden, por sí solas, contribuir al mejoramiento de la vida humana.

No obstante, el cambio tecnológico depende de hecho de una serie de condiciones económicas y sociales relativas al contexto donde se produce, mismas que le imponen límites a su pretendida autonomía. Por ejemplo, el porcentaje de recursos que un país o una organización puede destinar a la investigación y al desarrollo tecnológico, o la disponibilidad de conocimiento, de otras tecnologías, de materiales y otros recursos en los ámbitos de interés, o las prioridades sociales y agendas de gobierno, etc.

De aquí en parte que el cambio tecnológico tenga que ser evaluado y planeado, al menos para insertarlo en una cierta racionalidad económica. Ahora bien, ¿hasta qué punto el cambio tecnológico puede someterse a actividades de gestión y planificación para orientarlo en la dirección de los intereses de la humanidad? ¿Cuáles son estos intereses?

Por una parte, los cuestionamientos en este sentido se responden desde la lógica de que es el uso que se da a la tecnología el responsable de sus efectos sobre el mundo o los contextos específicos de aplicación, y que son las personas y no la tecnología en sí misma quienes tienen que hacer un uso racional de la tecnología, atribuyéndole a ésta un carácter éticamente neutro.

Se hace entonces necesario repensar estas relaciones entre ciencia, tecnología, naturaleza y sociedad, a riesgo de caer en un nihilismo que produciría la destrucción de todas las convenciones.


[1]  Medina, M. (1995). Tecnología y filosofía: más allá de los prejuicios epistemológicos y humanistas. Revista Isegoría, No. 12, 1995, p. 180., Barcelona

[2] Aristóteles, Ética Nicomaquea, Libro Sexto: De las virtudes intelectuales

[3] Aristóteles, Metafísica, Libro Primero, Capítulo I

[4] Platón, Diálogo Leyes

[5] Aristóteles, Ética Nicomaquea, Libro Primero: Sobre el bien humano en general

[6] Aristóteles, Física

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