Tecnología y… ¿progreso? – Parte I

tecnologíaLa naturaleza ha sido opresiva para el hombre desde sus inicios. Si bien podía obtener de ella los recursos necesarios para subsistir, le representaba también peligros e incomodidades y se convertía en una amenaza continua para su vida, al no entender muy bien las fuerzas que la movían y carecer de las herramientas que le permitieran controlarla o al menos predecirla. Por otra parte, la pretendida superioridad de los hombres sobre lo no semejante, y más aún sobre otros hombres, se ha visto siempre reforzada con la invención y el desarrollo de artefactos e instrumentos de cada vez mayor alcance.

Este fue el origen y ha sido el motor de la tecnología: incrementar cada vez más el potencial humano para superponerse a la naturaleza y procurarse satisfactores y medios, primero de supervivencia y luego de poderío económico y militar. Este proceso ha implicado una relación de doble vía entre el hombre y la naturaleza: la naturaleza sufre la acción transformadora del hombre y al mismo tiempo lo afecta y determina en un proceso dialéctico de acciones e interacciones. En este sentido, podemos ver al hombre como un producto no sólo de la naturaleza, sino también del artificio, de lo hecho mediante la tecnología. Como diría el filósofo Ortega y Gasset: el ser humano es un ser técnico[1].

En este sentido, podemos hablar de una perspectiva histórica de la tecnología que la concibe como un continuo de artefactos cada vez mejores, en una sucesión infinita de sustituciones tecnológicas, donde nuevas tecnologías remplazan a las anteriores por su mayor eficiencia, entendida ésta como un incremento de sus posibilidades de generar riqueza o de suprimir las desventajas del hombre frente a la naturaleza.

Desde esta perspectiva, ambas cosas se han apreciado como causas directas de bienestar y progreso para la humanidad, lo cual ha legitimado una especie de imperativo tecnológico: lo que técnicamente pueda hacerse, debe hacerse, y es preciso buscar que cada vez pueda hacerse más. Adquieren plena vigencia términos como “más fuerte”, “más veloz”, “más productivo”, aplicados como parámetros de sustitución, incluso de las personas. La tecnología aparece como el verdadero motor de la historia, por lo que es preciso no frenar su desarrollo.

Sin embargo, también han surgido voces críticas sobre los costos y las alternativas sociales, políticas, económicas y ambientales que este desarrollo tecnológico ha traído consigo y que han ido conformando el mundo en el que ahora vivimos, cuestionando si es este el mundo en el que efectivamente queremos y podemos vivir, y si efectivamente la tecnología es un factor de progreso y bienestar social.

Estos cuestionamientos no aducen únicamente a la inminente maximización de la eficiencia de una tecnología como el criterio preponderante que justifica su desarrollo, soslayando casi siempre otras cuestiones como sus impactos medioambientales y socioeconómicos, sino también a los estrechos vínculos que se han establecido entre la tecnología y el mercado: la tecnología se compra en forma de productos y servicios que son objeto de configuraciones económicas diversas. Así, surgen los medicamentos “de patente” y los “genéricos”, los modelos “de lujo” y los “austeros”, según el alcance del bolsillo del comprador. Es cada vez más evidente que la tecnología beneficia de forma preponderante a determinados grupos sociales.

Así también surgen las regiones y los países “desarrollados” –poseedores de la tecnología- y las regiones y los países “subdesarrollados” –adoptantes pasivos y cíclicos de la tecnología-, reforzando la partición entre superiores e inferiores y afianzando la idea colonialista del desarrollo, donde el superior impone sus verdades bajo el derecho del más fuerte.

Estas cuestiones nos lanzan hacia una reflexión filosófica e histórica sobre los alcances e impactos de la tecnología en el destino social y trascendente del hombre, potenciando la búsqueda de una racionalidad alternativa de los procesos del cambio tecnológico en su equiparación con el progreso o desarrollo, sin caer en la discusión estéril de los adjetivos con los que comúnmente se le relaciona: integral, endógeno, sostenible, local, regional, humano. La relevancia –o irrelevancia- de lo que hoy llamamos desarrollo es construida por los significados culturalmente atribuidos a su naturaleza y por las relaciones políticamente establecidas para su dinámica, y no por sus adjetivos.

Este es la primera de varias entradas en este blog que tienen por objeto abrir de reflexión sobre este tema a partir de dos elementos centrales: uno, el reconocimiento fehaciente de que si bien la tecnología produce salud, comodidad y bienestar, también es un factor de destrucción; y otro, el carácter selectivo del cambio tecnológico, por cuanto que muchos individuos o grupos sociales no tienen acceso a sus beneficios, ya sea por el costo que representan, o por diversos factores políticos y socioculturales. Se trata, por tanto, de repensar la tecnología no sólo desde su sucesión evolutiva bajo criterios meramente económicos, sino también desde su utilización en un contexto social, cultural y natural.

Los invito a participar con sus lecturas y comentarios.

Ana Guzmán – aroguzman@gmail.com


[1]  Ortega y Gasset, José, (1983), “Obras Completas” vol. IX, Alianza Editorial/ Revista de Occidente, pp. 618

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