SILENCIO

Todo ocurre en un mismo lugar.
Todo, es decir, nada. O lo mismo.
Y allá, lejos, la vida es otra cosa.
Historias con personajes que preguntan
y que saben el color de cada cosa.
Tiempos que marchan y saludan,
campanas al vuelo que recuerdan,
ventanas, ecos, espejos y manteles.
Y acá, dentro, un espacio sin relojes.
Fantasmas ocultos en un sueño perdido,
que callan y cierran la memoria.
Cantos atrapados en un muro de piedra,
olvidados de rodar y enmudecidos,
cerrojos, cortes, espumas y armarios.

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2014

Las horas tan largas y la vida tan corta.

Lo que era todo habrá de ser nada,

rota la ficción del espejo y del tiempo.

No se abrirá la puerta, no quedará una estrella,

ni un polvo ni un martillo.

Y detrás de todas las máscaras, el miedo.

Por una agroindustria inteligente

ImageLas cadenas agroalimentarias están experimentando variaciones importantes. Esto incluye, entre otros factores, la aparición de nuevas prácticas comerciales y de cambios en las normativas y políticas agropecuarias, así como la industrialización secundaria y terciaria del campo, impulsada por la competencia global, el acelerado desarrollo tecnológico y los nuevos modelos de consumo.

¿Cómo pueden los productores agrícolas y la industria de alimentos adaptarse de manera ágil y flexible a tales cambios? Por principio tendrían que estar enterados del arribo de dichos cambios. Más aún, tendrían que ser capaces de anticipar o prever su aparición mucho antes de que comenzaran a sufrir sus efectos, con el tiempo suficiente para desarrollar nuevas estrategias y capacidades que les permitan acomodarse a las nuevas variables del entorno. Tendrían también que saber interpretar las variaciones del entorno, actuales o futuras, en términos de las amenazas y las oportunidades que representan. Y finalmente, tendrían que generar el conocimiento que les permitiera emprender efectiva y oportunamente las acciones que les lleven a minimizar o atenuar los impactos negativos y a sacar el máximo provecho de la nueva situación.

Es decir, la agroindustria tiene que actuar de manera inteligente, basándose en el conocimiento y la predicción de su entorno competitivo completo, y desarrollando las tecnologías, procesos, productos, formas de organización y mercados que le permitan generar ventajas competitivas de manera sistemática. Es aquí donde disciplinas tales como la vigilancia –comercial, tecnológica, normativa, o simplemente vigilancia del entorno competitivo, así sin apellidos, y la inteligencia competitiva tienen una plena aplicabilidad.

En este sentido, es preciso desarrollar los mecanismos que permitan que la práctica de estas disciplinas vaya permeando efectivamente en el ser y quehacer de las organizaciones agroindustriales de cualquier tamaño, desde los pequeños productores a las grandes empresas del ramo alimentario.

Pero más aún, es preciso desarrollar esquemas que faciliten la migración de la agricultura de pequeña escala a esquemas más estructurados de producción y abasto, articulando a pequeños y medianos productores en cadenas agroindustriales de valor agregado que podrían compartir una serie de servicios de abastecimiento, producción y comercialización para la generación de economías de escala y de alcance o el desarrollo tecnológico conjunto, propiciando el desarrollo de una auténtica inteligencia colectiva que actúe a favor del desarrollo regional sustentable.

Esperemos que un auténtico ánimo de reformas llegue a los organismos responsables de la agricultura y el desarrollo rural en nuestro país y nuestra región para efectivamente mejorar las condiciones del campo y su gente.

Tecnología y… ¿progreso? – 5ª y última parte

technology-society

Ante los planteamientos hechos en las cuatro entradas previas del blog sobre este mismo tema, tendíamos que cuestionar la representatividad de la tecnología como uno de los factores clave del progreso humano. Al margen de las definiciones estrictas del término, la semántica popular identifica al progreso con los adelantos científicos y tecnológicos que mejoran la calidad de vida. Con lo cual surge la necesidad de definir también el término calidad de vida. Esto representa un problema más o menos regular, dado que esta expresión no tiene sentido si no es en relación con un sistema de valores, individual o colectivo, en un contexto determinado. Por lo que diversos individuos o grupos en diversos contextos podrían establecer que el nivel esperado de calidad de vida se encuentra en lugares tan disímiles como la selva lacandona o algún país nórdico altamente desarrollado.

Esto nos llevaría a conceptuar el término calidad de vida como una mezcla de elementos  provenientes del entorno real del individuo o grupo social –componentes objetivos– con las expectativas, valores y necesidades de dicho individuo o grupo social –componentes subjetivos–, por lo que únicamente sería válido este concepto para el momento y contexto específico de su establecimiento.

Sin embargo, y para evitar digresiones mayores, acotaremos el término calidad de vida como el estado de satisfacción del individuo con respecto a un conjunto de elementos en los que han coincidido la mayoría de los estudiosos de la materia y que son: calidad del medio ambiente, salud, educación, legislación y justicia, vivienda y urbanismo, condiciones económicas y laborales, cultura, tiempo libre y recreación.

Indudablemente podríamos encontrar muy variadas formas en que la tecnología contribuiría a elevar el desempeño de cada uno de estos indicadores. Pero ya hemos visto que no basta con medir o evaluar la tecnología desde sus aspectos intrínsecos o meramente técnicos en relación con la mayor o menor eficiencia que puedan lograr, sino que tendríamos que hablar también de elementos e interacciones entre estos elementos que favorezcan que estos indicadores se desarrollen de igual manera entre los diversos individuos y grupos sociales, así como que garanticen la sustentabilidad ambiental, social, económica y política de los mismos.

No podemos, por tanto, pensar que la tecnología es en sí misma un garante del progreso, ni  podemos caer en espacios de indolencia pensando que los males que causa una tecnología otra mejor los resolverá. Pero tampoco podemos asumir posturas totalitarias o unilaterales, ya sea de rechazo o de aceptación incondicional. Ambas posturas serían igualmente irracionales. Tan irracional sería, por ejemplo, seguir ocasionando la erosión de los ecosistemas en pro de obtener beneficios financieros a corto plazo, como pensar que a estas alturas podemos renunciar a la tecnología como un factor clave de economía y la producción.

Lo que se requieren pues, son medidas racionales tendientes a equilibrar la dualidad de la tecnología y a extender al máximo sus beneficios, considerando a la tecnología no como algo aislado o como un simple hacer-para, sino incluyendo también sus interacciones con la sociedad, la cultura, la economía y la naturaleza en contextos específicos.

No todo lo que es posible es necesariamente relevante para todas las formas y modos de vida. Cuando las condiciones, relaciones y significados que generan y sostienen la vida están en cuestión, la relevancia de lo qué debe ser hecho ha de emerger de procesos de interacción social con la participación de los diferentes actores sociales e institucionales, y no apenas de las decisiones de científicos o de los poderosos que los financian.

Los individuos, organizaciones e instituciones que participan y promueven los avances científicos y tecnológicos en cada región y país tendrían que colaborar en el desarrollo de los marcos legales, educativos e institucionales que integren de manera sistemática en los procesos de innovación tecnológica, innovaciones políticas y sociales como las siguientes:

  • La predicción y evaluación de los cambios sociales, económicos y medioambientales que traerá una nueva tecnología, incorporando las variables de riesgo, sus interrelaciones, significados y magnitud y desplegando esfuerzos para minimizar o eliminar los riesgos y problemas y/o desarrollar alternativas que carezcan de dichos efectos negativos.
  • El acceso a los beneficios tecnológicos que garanticen un nivel básico en los indicadores de calidad de vida de la población, evitando que la demanda real de estos beneficios sea valorada únicamente en términos de mercado.
  • El intercambio científico y tecnológico a todos los niveles, institucional, estatal, regional, nacional e internacional, para promover la formulación de políticas de promoción, difusión, desarrollo y aplicación de la tecnología, la formación e intercambio de especialistas en la materia, el desarrollo de actividades conjuntas de investigación y desarrollo tecnológico y la transferencia del conocimiento.

Estos son los grandes desafíos y responsabilidades que hoy enfrentamos para hacer del cambio tecnológico un verdadero vehículo de progreso para la humanidad. Leonardo da Vinci escribió en su cuaderno de notas que no publicaría o divulgaría su diseño de un submarino debido a la naturaleza perversa de los hombres, que podrían utilizarlo como un instrumento de destrucción en el fondo del mar[1]. No obstante, si hoy viviera da Vinci, podría desayunar leyendo en el periódico algunas historias bélicas protagonizadas por militares a bordo de submarinos  SSBN 743 equipados con misiles nucleares y torpedos de gran poder. Pero también podría encontrar que gracias a la tecnología de los submarinos pueden realizarse diversos estudios geológicos, arqueológicos y del hábitat marino que contribuyen efectivamente cuidado ambiental, a la divulgación científica y al enriquecimiento de nuestra cultura.

Así pues, no se trata de vivir en el oscurantismo. Los científicos e investigadores tienen derecho a buscar y a publicar la verdad científica y sus aplicaciones tecnológicas, pero es necesario incorporar a esta verdad los principios de responsabilidad que efectivamente nos hagan transitar, mediante la tecnología, a un mundo mejor para todos.

Karl Popper[2] señala que el mayor peligro de nuestro tiempo es el pesimismo, el creer y hacer creer a los jóvenes que vivimos en un mundo malo, cuando realmente vivimos en el mejor mundo que ha existido nunca. Sin embargo, señala también que hay mundos mejores porque la vida misma nos incita a buscarlos. A cada uno de nosotros toca continuar esa búsqueda de un mundo mejor, no sólo porque es posible, sino porque es relevante.


[1] Paul Ritcher, editor (1970), “The notebooks of  Leonardo da Vinci”, Dover, Nueva York, pp. 274-275

[2] Popper R. Karl y Lorenz, Konrad, (1992), “El Porvenir está abierto”, Tusquets Editores, pp. 58-59

Tecnología y… ¿progreso? – Parte IV

unequalLa selectividad de la tecnología

Inserta en una lógica de mercado, la tecnología se ha convertido, al menos parcialmente y no sólo la tecnología o la tecnología sola, en una fuerza de producción al servicio del capital y ha contribuido a la inequidad social, sobre todo en los países más pobres.

Esto se aprecia, por ejemplo, en las consecuencias negativas que tiene para los países pobres la adquisición diferida de las nuevas tecnologías en el contexto de la economía globalizada, aumentando y volviendo cíclica la inequidad entre países ricos y pobres. Las ventajas comparativas que estos últimos obtenían hasta hace algunas décadas, basadas en sus recursos naturales o demográficos, se han visto diluidas en una proporción inversa al peso que han adquirido las ventajas basadas en las capacidades científico-técnicas. De forma tal, que el atraso de estos países es cada vez mayor y más difícil: cuanto más avanza la tecnología de los países ricos, mayor peso tiene esta variable en la economía mundial y mayor es la desventaja de los países pobres para competir a escala mundial; por tanto, les resulta más difícil les resulta reducir la brecha y se concentra más aún la capacidad tecnológica y la riqueza en los países de mayor poderío. Resalta también la explotación que estos países ricos hacen de las ventajas y los recursos de los más pobres, sin retribuir los beneficios correspondientes pero sí contribuyendo a su deterioro ambiental.

Persiste una idea colonialista del desarrollo, que divide al mundo en  superiores e inferiores, en gran medida con base en la disparidad de sus capacidades tecnológicas, y que se nutre de la planetarización o universalismo que naturaliza el pensamiento subordinado en el inferior según el conocimiento autorizado por el superior. Por eso, la humanidad se separó en civilizados y bárbaros a partir de 1492, o en desarrollados y subdesarrollados a partir de la 2ª Guerra Mundial.

En esta lógica, los países ricos generan y transfieren tecnología y los países pobres la adoptan. Esto es similar a que el inferior memorice las respuestas ya existentes para las preguntas del superior, que generó en su contexto y que le son relevantes a él. A cambio de tal generosidad, los países pobres facilitan el acceso a mercados cautivos, materia prima abundante, mano de obra barata y mentes obedientes. Están obligados a hacerlo a riesgo de convertirse en disímbolos prescindibles, inconvenientes o peligrosos.

Históricamente se ha cometido el error de equiparar el crecimiento económico y el cambio tecnológico con el bienestar social, debido en gran medida a los modelos hegemónicos de desarrollo que los países ricos y sus estructuras supranacionales imponen a los países pobres bajo la premisa de alcanzar un futuro común próspero. Estos modelos miden la prosperidad en términos casi exclusivamente macroeconómicos y asumen que para superar la pobreza basta con ir atenuando los síntomas –los pobres- sin que haya lugar ni forma de superar las relaciones asimétricas y estructurales de acumulación de capital.

El superior crea –y transfiere– un sistema de ideas para interpretar la realidad, un sistema tecnológico para transformar la realidad y un sistema de poder para controlar la realidad. Estos sistemas condicionan las relaciones de producción, las estructuras sociales, la cultura y las relaciones de poder durante periodos de tiempo llamados épocas históricas.

Las épocas históricas coexisten en sus límites, a veces difusos, pero es evidente que la época actual del industrialismo está en crisis al haber excedido las posibilidades y los límites del planeta. Esto se hace evidente ante la emergencia de grandes problemas globales: el cambio climático, los desastres “naturales”, la crisis alimentaria, la escasez de combustibles, etc.

Estamos experimentando no una época de cambios, sino un cambio de época, donde se busca la sosteniblidad. De hecho, en este contexto surge el modelo de desarrollo sostenible, propuesto en Río de Janeiro en 1992. Sin embargo, nuevamente se busca legitimar modelos que han sido concebidos en contextos ajenos, no universalizables, y con la finalidad de viabilizar una nueva era de crecimiento económico. Es decir, un desarrollo sostenible que no pasa de crecimiento económico que se pueda sostener en el tiempo.

Y de nuevo, se espera encontrar la respuesta en la ciencia y la tecnología. Es verdad que éstas tienen un gran potencial en la resolución de los problemas económicos, sociales y ambientales que enfrentamos, pero ya hemos visto que no son garantes de un auténtico desarrollo social, incluyente de los significados, valores, creencias, experiencias, saberes y necesidades de las sociedades locales. Para que el desarrollo sea social y ambientalmente sustentable, debe fundarse sobre las realidades de los países y las sociedades a las que sirve.

Ahora bien, si el auténtico desarrollo no es universal sino contextual y la realidad no es homogénea, ¿es posible y deseable conseguir una mayor igualdad en las capacidades científico-técnicas entre los países? ¿O es la propia dinámica del cambio tecnológico e industrial la que impone necesariamente una distribución desigual de dichas capacidades? ¿Cómo puede configurarse un sistema tecnológico que contribuya a un auténtico desarrollo, a saber, local?